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George Washington, ese Masón Irregular e Irreverente
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George Washington, ese Masón Irregular e Irreverente

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La Redacción
En resumen
Washington fue iniciado masón en 1752 en Fredericksburg. Pero la historia que no se cuenta es que apenas pisó una logia durante su presidencia. La masonería le necesitaba más a él que él a ella, y eso dice mucho del poder simbólico de una hermandad que convierte ausencias en leyenda.

Hay un retrato que cualquier masón conoce de memoria. Washington lleva el delantal blanco sobre el traje de general, sostiene el mazo con gesto de quien sabe lo que tiene en la mano, y mira al frente con la autoridad de quien ya no necesita demostrar nada. La imagen ha circulado durante más de dos siglos como prueba irrefutable de la devoción masónica del primer presidente de los Estados Unidos. Lo que el retrato no cuenta es cuánto tiempo pasó Washington sin entrar en una logia.

El iniciado de Fredericksburg

El 4 de noviembre de 1752, un joven de veinte años llamado George Washington fue admitido como Aprendiz en la logia número 4 de Fredericksburg, Virginia. La logia trabajaba en el Rito York, el mismo que siglos atrás había echado raíces en las piedras de Gran Bretaña antes de cruzar el Atlántico. Washington había llegado allí por los canales habituales: conexiones familiares, ambición social, y la certeza de que ciertas puertas solo se abrían desde dentro de determinados círculos.

El 3 de marzo del año siguiente pasó al grado de Compañero, y el 4 de agosto de 1753 fue elevado al grado de Maestro. En menos de un año había recorrido los tres grados simbólicos que la masonería anglosajona considera la columna vertebral de la iniciación. Era joven para su tiempo, y las actas de la logia anotan su presencia con la formalidad rutinaria de quienes no sospechaban que estaban admitiendo a alguien que un día les convertiría en leyenda.

Lo que resulta llamativo, revisadas las actas con cuidado, es lo que viene después. Washington participó en los trabajos de la logia de Fredericksburg de manera razonablemente regular durante los primeros años, pero a medida que avanzaba su carrera militar, sus visitas fueron espaciándose. Primero semanas, luego meses, luego años sin pisar el templo.

El general y las logias de campaña

Durante la Guerra de Independencia americana (1775-1783), Washington tuvo contacto con lo que se conoce como logias de campaña, esas estructuras provisionales que los ejércitos del siglo XVIII montaban en el campo para que los soldados masones pudieran seguir trabajando aunque no hubiera un templo a mano. Su correspondencia de esos años menciona la masonería con respeto, pero no con la urgencia de quien echa de menos el templo. Es el respeto de un hombre que comprende el valor simbólico de algo sin sentir necesidad de practicarlo con regularidad.

Hay una carta del 28 de agosto de 1782 en que Washington responde a una logia de Alexandria que le había enviado saludos. La carta es educada, cálida incluso, y contiene una frase que los masones han citado hasta la extenuación: "Siendo un suscriptor sincero de los principios de la fraternidad libre y de los grandes beneficios que ella difunde en la humanidad." No es exactamente la confesión de fe de un devoto. Es la respuesta diplomática de un político excepcional que sabe exactamente lo que cada interlocutor quiere escuchar.

La presidencia: el gran silencio

Washington fue elegido primer presidente de los Estados Unidos en 1789. Durante sus dos mandatos (1789-1797), las actas de las logias americanas registran su ausencia con una constancia que los historiadores masónicos han preferido no subrayar demasiado. En ocho años de presidencia, no hay registro de que Washington asistiera a ninguna tenue regular de ninguna logia, ni como visitante ni como miembro.

En 1788, la logia de Alexandria, que desde 1783 llevaba el número 22 en el registro de la Gran Logia de Virginia, le eligió Venerable Maestro. Era un honor colosal para la logia, y Washington lo aceptó. El problema es que casi nunca presidió ningún trabajo. Su nombre encabezaba la membresía con la misma función decorativa que los blasones en los portones de las grandes casas: señalaban estirpe, no actividad.

Esto no era necesariamente deshonesto. Era el funcionamiento normal de una institución que comprendía perfectamente el valor de tener al hombre más célebre de la república entre sus filas, independientemente de si ese hombre aparecía o no en las reuniones. Y Washington, por su parte, no rechazó el honor. Simplemente tenía otras cosas que hacer.

La piedra angular del Capitolio

El 18 de septiembre de 1793 es la fecha más citada por quienes quieren demostrar la devoción masónica de Washington. Ese día, el presidente presidió la ceremonia de colocación de la primera piedra del Capitolio de los Estados Unidos. Washington apareció ataviado con el delantal masónico, el mazo y la plomada. La ceremonia siguió el ritual con el que, según la tradición, Hiram Abiff había supervisado la construcción del Templo de Salomón.

Fue un acto de teatro político extraordinariamente bien calculado. La nueva nación necesitaba símbolos que la conectaran con algo más antiguo y más solemne que doscientos años de colonias. La masonería, con su aparato simbólico anclado en la antigüedad y su vocabulario de hermandad universal, era el proveedor ideal de esa solemnidad. Washington sabía perfectamente lo que hacía al aparecer con el mazo en la mano.

La ceremonia fue conducida por la Gran Logia de Maryland, con la logia de Alexandria y otras logias de la zona participando en los trabajos. La plomada, la escuadra y el compás fueron aplicados a la piedra según el rito. Se vertieron sobre ella maíz, vino y aceite, los tres elementos simbólicos que la tradición masónica toma prestados del ritual hebraico. Y Washington, que quizás no había pisado una logia en años, presidió todo con la autoridad de quien nunca había abandonado el grado de Maestro.

El delantal de Lafayette

Entre los objetos que el tiempo ha preservado de Washington y la masonería, ninguno es más citado que el delantal que le regaló el marqués de Lafayette. Lafayette, aristócrata francés que había combatido junto a Washington en la guerra de independencia, era masón activo y en esto, como en otras cosas, superaba con creces a su general en asiduidad al templo.

El delantal, bordado a mano por la esposa de Lafayette, Adrienne de Noailles, fue enviado como obsequio personal. Es una pieza de seda blanca decorada con símbolos masónicos de notable delicadeza: el ojo que todo lo ve, las columnas Jaquín y Boaz, el nivel, la plomada, la escuadra y el compás. Washington lo recibió, lo agradeció, y lo conservó. Está hoy en el Museum of Our National Heritage de Massachusetts, y su mera existencia ha alimentado décadas de literatura sobre la hermandad entre los dos hombres y entre las dos revoluciones.

Lo que el delantal no demuestra es que Washington fuera un masón practicante. Demuestra que tenía un amigo masón que le hizo un regalo masónico, lo cual es, en el fondo, algo bastante distinto.

La muerte y el rito póstumo

Washington murió el 14 de diciembre de 1799 en su plantación de Mount Vernon, a los sesenta y siete años, víctima de lo que sus médicos trataron con sangrías repetidas hasta agotarle las fuerzas que le quedaban. Su muerte fue rápida y, según los relatos de quienes le acompañaron en las últimas horas, serena.

Las logias masónicas de todo el país respondieron con una oleada de homenajes fúnebres que superó en intensidad cualquier cosa que hubieran organizado durante su vida. La logia de Alexandria No. 22 participó en sus funerales con toda la solemnidad ritual de que disponía. En los meses siguientes, logias de Boston a Savannah celebraron tenidas de luto con la parafernalia completa: drapeados negros, la espada vuelta, los cantos del Oriente Eterno.

Fue en la muerte cuando Washington se convirtió plenamente en el masón que la hermandad necesitaba que hubiera sido. La muerte tiene esa virtud: simplifica las cosas, borra las ausencias del libro de actas, y convierte la ambigüedad en leyenda.

El mito que la hermandad necesitaba

La masonería americana del siglo XIX construyó alrededor de Washington uno de sus grandes relatos fundacionales. El "padre de la patria" como hermano de logia era un instrumento narrativo demasiado potente para dejarlo sin explotar. Si el hombre que había derrotado al Imperio Británico y fundado la república más poderosa del mundo era masón, eso decía algo sobre lo que la masonería era capaz de producir.

El problema de este relato es que requería ignorar algunos datos incómodos: la irregularidad de su asistencia, la instrumentalización política de su pertenencia, la correspondencia que sugiere respeto sin devoción. Pero los relatos fundacionales raramente sobreviven al contacto con los archivos completos, y la masonería, como cualquier institución humana, ha preferido siempre la buena historia a la historia exacta.

Lo interesante de Washington como masón no es lo que hizo en las logias, que fue poco. Es lo que representa: la posibilidad de pertenecer a una institución sin reducirse a ella, de adoptar sus símbolos cuando conviene y prescindir de sus reuniones cuando no. En ese sentido, Washington fue el masón más moderno que podría imaginarse, siglos antes de que la modernidad inventara esa forma de relacionarse con las instituciones.

En la logia de Alexandria llevan su nombre desde 1805. El edificio que la alberga, el George Washington Masonic National Memorial en Alexandria, Virginia, tiene una estatua suya de cuatro metros de altura en el vestíbulo principal. Es un homenaje colosal a un hombre que apenas pisó el umbral.


Fuentes:

- Steven C. Bullock, Revolutionary Brotherhood: Freemasonry and the Transformation of the American Social Order, 1730-1840. University of North Carolina Press, 1996. El análisis más riguroso disponible sobre la masonería en el contexto de la revolución americana y el papel real de Washington en la hermandad.

- Paul F. Boller Jr., George Washington and Religion. Southern Methodist University Press, 1963. Examina la relación de Washington con el deísmo, el anglicanismo y las instituciones fraternales, con acceso a la correspondencia primaria.

- Norris Stanley Barratt y Julius Friedrich Sachse, Freemasonry in Pennsylvania, 1727-1907. La documentación de las logias de campaña durante la Guerra de Independencia ofrece contexto para entender la presencia masónica en el ejército continental.

- Otros: (Los registros originales de la Logia de Fredericksburg No. 4 han sido parcialmente digitalizados y pueden consultarse a través del Virginia Museum of History and Culture. Los de la Logia de Alexandria No. 22 se conservan en el George Washington Masonic National Memorial, Alexandria, Virginia.)

Preguntas frecuentes

¿Era George Washington un masón activo?

No en el sentido estricto. Washington fue iniciado en 1752 y recibió los tres grados en Fredericksburg, Virginia, pero durante su presidencia (1789-1797) no hay registro de que asistiera a ninguna tenue regular. Su presencia en la masonería fue más simbólica que práctica.

¿Cuándo fue iniciado masón George Washington?

El 4 de noviembre de 1752, en la logia número 4 de Fredericksburg, Virginia. Pasó al grado de Compañero el 3 de marzo de 1753 y fue elevado a Maestro Masón el 4 de agosto de 1753.

¿Qué es el delantal masónico de Washington?

Un delantal de seda blanca bordado a mano por Adrienne de Noailles, esposa del marqués de Lafayette, y regalado a Washington como obsequio personal. Está decorado con símbolos masónicos claves (escuadra, compás, ojo omnividente, columnas Jaquín y Boaz) y se conserva hoy en el Museum of Our National Heritage de Massachusetts.

¿Por qué se celebró la primera piedra del Capitolio con un rito masónico?

Porque la nueva nación americana necesitaba rituales de solemnidad que la conectaran con una tradición antigua. La masonería, con su aparato simbólico y su vocabulario de hermandad universal, ofreció ese marco ceremonial. La ceremonia del 18 de septiembre de 1793 siguió el rito con que, según la tradición, se había construido el Templo de Salomón.