La noche del domingo 18 de octubre, poco antes de las diez, alguien empotró un coche contra el portón de un edificio de chapa en la zona artesanal de Cormontreuil, a las afueras de Reims. Forzaron la puerta principal, vaciaron gasolina en la sala grande y le prendieron fuego. Cuando llegaron los bomberos ya no quedaba nadie. Tampoco faltaba nada, no se llevaron ni un candelabro.
El edificio atacado es de la Gran Logia de Francia. Allí se reunían trece talleres, unos 350 hermanos y hermanas de distintas obediencias. Ardieron unos 150 de sus 260 metros cuadrados, el restaurante quedó en nada y el techo de la entrada se vino abajo. El templo, de momento, se salvó (ennegrecido por el humo, empapado por las mangueras) porque sus puertas estaban cerradas, pero habrá que ver si son posibles las labores de recuperación.
Las fotos de los daños, del portón reventado a la sala calcinada, están en la crónica de L'Union.
Uno de los responsables del local le contó al periódico L'Union que llevaban veinte años allí sin un solo problema y que eso acababa hoy. Y añadió algo más amargo, la dirección del templo, que hasta entonces era un lugar discreto, se había dado en una conferencia pública en el ayuntamiento de Reims el 22 de septiembre, en pleno centenario de una de las logias. «Fuimos ingenuos», dijo.
El contexto no ayuda. La semana anterior varias obediencias francesas, entre ellas el Gran Oriente y la Gran Logia Femenina, habían sufrido ciberataques, y un pirata colgó en internet miles de documentos atribuidos a la Gran Logia Tradicional. En julio aparecieron pintadas injuriosas en el templo de Périgueux. Y el sábado 17 Reims vivió una jornada de protestas contra la carestía que terminó con escaparates destrozados en el centro. Nada, por ahora, une ese sábado con el incendio del domingo, y aquí no lo vamos a inventar. No sabemos quién fue. Lo único que sabemos es que el fuego no buscaba dinero.
Seis días antes, en la Puerta del Sol de Madrid, alguien gritaba insultos, injurias, y una palabra que viene muy a cuento. Volveremos a ella.
La pregunta incómoda
A cualquier masón le han contado (y muchos lo repetimos sin pensarlo mucho) que la masonería estuvo detrás de las luces que acabaron con el Antiguo Régimen. Que libertad, igualdad y fraternidad se dijeron en las logias antes que en la calle. Que si hoy somos ciudadanos y no súbditos, algo de mérito tienen aquellos talleres del siglo XVIII.
Y sin embargo quien prende fuego a un templo en 2026 no es un rey, ni un obispo, ni la policía de ningún régimen. Es alguien sin cara que actúa en mitad de la noche y que, si pudiéramos preguntarle, seguramente diría que actúa en nombre del pueblo, contra los de arriba. Para él la masonería no es la revolución. Es el poder, sentada en el mismo pedestal que los ministros, los bancos y los que deciden.
¿En qué quedamos, entonces? ¿Somos los que derribaron el trono o los que se sientan en él?
¿De verdad hicimos la Revolución?
Conviene empezar por una incomodidad. La idea de que la masonería hizo la Revolución francesa no la inventamos los masones, la inventaron sus enemigos.
En 1797, con la guillotina todavía caliente, el abate Augustin Barruel publicó sus Memorias para servir a la historia del jacobinismo. La tesis era sencilla y por eso funcionó tan bien: nada de lo ocurrido desde 1789 había sido espontáneo. Filósofos, masones e iluminados llevaban décadas conspirando en la sombra para tumbar el trono y el altar. Ese mismo año, en Edimburgo, el físico John Robison llegaba por su cuenta a conclusiones casi idénticas. El papel de villano les tocó a los Iluminados de Baviera de Adam Weishaupt, una sociedad real, fundada en 1776 y prohibida por el elector de Baviera menos de diez años después. Su historia es bastante menos épica de lo que el mito pretende.

Barruel necesitaba una mano oculta porque la alternativa le resultaba insoportable: que un pueblo entero se hubiera levantado sin que nadie se lo ordenara.
Lo curioso es lo que pasó después. Un siglo más tarde, en plena Tercera República y con el centenario de 1789 encima, buena parte de la masonería francesa abrazó el relato con orgullo. Si los curas decían que la Revolución era obra nuestra, pues sería verdad. Nos quedamos el mito porque nos favorecía, y lo seguimos contando en tenidas y ágapes hasta hoy.
Los historiadores (Ran Halévi y Pierre-Yves Beaurepaire en Francia, José Antonio Ferrer Benimeli en España) dibujan algo mucho menos novelesco. Las logias del XVIII estaban llenas de nobles, de oficiales, de abogados y de no pocos clérigos. Eran lugares donde se ensayaba algo nuevo, que un duque y un comerciante se llamaran hermanos y votaran en igualdad, pero no cuarteles de ninguna conspiración. Cuando llegó 1789 hubo masones en todos los bandos. En la Asamblea, en la emigración, en la Vendée y en el cadalso.
Un apunte de pedante, que para eso estamos. El Antiguo Régimen era absolutismo, no totalitarismo. El totalitarismo es cosa del siglo XX, y ahí sí la masonería puede hablar con autoridad, porque no hubo totalitarismo ni dictadura de su estirpe que no fuera a por ella. Hitler la disolvió y la llevó a los campos (lo contamos en De triángulos y nazis), Mussolini la prohibió en 1925 y el Vichy de Pétain publicó en el boletín oficial los nombres de sus dignatarios y montó en el Petit Palais de París una exposición para enseñar al público “lo malvados que eran”. La frase verdadera no es «hicimos la Revolución». Es «todos los totalitarismos vinieron a por nosotros».
La Revolución también nos quemó
Si la Revolución hubiera sido nuestra, nos habría tratado mejor.
Durante el Terror las logias pasaron a ser sospechosas. Eran asambleas cerradas, llenas de aristócratas, con juramentos y palabras que nadie de fuera entendía, justo lo que un comité de salud pública no podía tolerar. La mayoría dejaron de reunirse. El Gran Oriente de Francia estuvo a punto de desaparecer, y si sobrevivió fue porque un hombre, Alexandre Roëttiers de Montaleau, guardó sus papeles y lo fue recomponiendo cuando pasó la tormenta, después de pasar él mismo por la cárcel.
El caso más elocuente es el de su propio Gran Maestre. Luis Felipe José de Orleans, primo del rey, presidía el Gran Oriente desde 1771. Con la Revolución se hizo llamar Felipe Igualdad, se sentó con la Montaña y votó la muerte de Luis XVI. A principios de 1793 renegó en público de la masonería con una carta a la prensa en la que venía a decir que en una república no debía haber misterios ni asambleas secretas. Le sirvió de poco. En noviembre de ese mismo año lo guillotinaron.

Merece la pena detenerse en ese argumento, porque es el mismo que se oye hoy. No en boca de un rey ni de un inquisidor sino del pueblo soberano: lo cerrado es sospechoso, lo discreto es culpable, quien se reúne a puerta cerrada algo trama. El inquisidor que sale de la calle no lo inventaron las redes sociales. Ya estaba en 1793, con gorro frigio.
Así que la pregunta se puede dar la vuelta. ¿Hemos estado siempre del lado de la revolución? Puede ser. Pero la revolución ha estado muy pocas veces del nuestro.
Cuando sí estuvimos cerca del poder
Hay que ser honestos también en la otra dirección. Si hoy hay quien mete a la masonería en el mismo saco que al poder, no es solo por delirio. En Francia hubo un tiempo en el que casi, se le parecía.
La Tercera República fue, en buena medida, una república de masones. Del Gran Oriente salieron ministros, diputados, alcaldes y buena parte del programa laico que acabaría en la ley de separación de la Iglesia y el Estado de 1905. Y en 1904 estalló el escándalo que todavía hoy se cita, el affaire des fiches. El ministro de la Guerra, el general André, quería saber qué oficiales iban a misa para frenarles los ascensos, y el Gran Oriente le ayudó a reunir miles de fichas sobre la vida privada y religiosa de los militares. Cuando se destapó en la Cámara, el ministro tuvo que irse.

Por una vez, fueron los masones los que hicieron las veces de Inquisición.
No se trata de flagelarse por algo que pasó hace ciento veinte años. Se trata de preguntarse si parte de ese saco en el que hoy nos meten no lo cosimos nosotros. Cada vez que una obediencia presume de sus ministros, de su influencia o de las leyes que «inspiró», le está dando material al mismo retrato que otros usarán luego sin ningún matiz.
Y la ironía final. La Gran Logia de Francia, cuyo edificio ardió, es de las grandes obediencias francesas la que tradicionalmente más se ha mantenido al margen de la política. Trabaja en el Rito Escocés, a la gloria del Gran Arquitecto del Universo, y suele quedarse lejos de los debates públicos. Al fuego eso le dio igual.
España, donde el inquisidor fue literal
En España la palabra inquisidor no es una metáfora.
La masonería llegó en el siglo XVIII y casi enseguida tuvo enfrente al Santo Oficio. Fernando VI la prohibió en 1751 y la Inquisición estuvo procesando masones durante décadas. Cuando Barruel se tradujo al castellano, en plena guerra contra Napoleón, encontró aquí terreno abonado: masón pasó a significar afrancesado, liberal, enemigo de la religión y de la patria, todo a la vez. Fernando VII restauró la Inquisición en 1814 y la usó a fondo contra ellos.

Pero el capítulo que pesa de verdad es el de Franco.
En los primeros meses de la guerra, en las ciudades donde triunfó la sublevación, ser masón bastaba para acabar en una cuneta. En Salamanca fusilaron a una treintena de miembros de la logia Helmantia. En Zaragoza, a otros treinta de la logia Constancia. En Granada, hasta cincuenta y cuatro. En Algeciras, en Ceuta, en La Línea, la lista se repite. Un informe masónico de diciembre de 1937 lo resumía sin adornos: los hermanos que no habían podido huir de la zona sublevada estaban muertos.
Después llegó la ley. El 1 de marzo de 1940 el régimen promulgó la Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo, que metía a unos y otros en el mismo delito, castigaba la simple pertenencia con penas de hasta treinta años y apartaba a los masones de cualquier empleo público. Para aplicarla se creó un Tribunal Especial que funcionó hasta 1964. (Eso quiere decir que muchos de los hermanos en nuestras logias hoy, aún son coetáneos a ese tribunal.) En Salamanca el régimen fue acumulando fichas de supuestos masones hasta reunir unas 80.000. El problema es que en España, en 1936, no llegaba a haber ni 5.000 masones.
Ese desfase lo dice todo. Para el franquismo, “masón” no era quien se había iniciado en una logia, era cualquiera que estorbase. El republicano, el maestro laico, el liberal, el vecino incómodo. Masón era la etiqueta para el enemigo, y el famoso contubernio judeomasónico servía para explicar cualquier cosa que saliera mal.
El propio Franco se ocupó de que la etiqueta no se gastara. Durante años escribió artículos contra la masonería en el diario Arriba, firmados como Jakim Boor (un seudónimo que jugaba con los nombres bíblicos de las dos columnas del templo de Salomón), que en 1952 se recogieron en un libro titulado sin más Masonería. La obsesión le duró hasta el final. En su último discurso público, el 1 de octubre de 1975 en la plaza de Oriente, todavía culpaba de los males de España a una conspiración masónica izquierdista. Murió siete semanas después.
La democracia tardó en darse por enterada. El Partido Comunista se legalizó en abril de 1977. La masonería tuvo que esperar a 1979, y solo después de que la Audiencia Nacional tumbara la negativa de Interior a inscribir al Grande Oriente Español. Fue de las últimas en salir de la clandestinidad, dos años después que los comunistas con los que Franco la había juntado en la misma ley.
Ahora volvamos a la Puerta del Sol, 12 de octubre de 2026.
El 12 de octubre, terminado el desfile de la Fiesta Nacional, varios centenares de asistentes decidieron volver a casa pasando por Sol, donde lleva días acampada gente joven que protesta por el precio de la vivienda. Según las crónicas de esa tarde hubo Cara al Sol, brazos en alto, algún «Sieg Heil», gritos contra el presidente del Gobierno y contra la inmigración. La policía contuvo a los más exaltados y los acampados hicieron una cadena humana sin entrar al trapo. Hubo detenidos y un agente herido.
En uno de los vídeos que circularon esa noche, entre los insultos, se oye un grito que rebota en las fachadas de la plaza: «¡Masones!».
Hace eco, y no solo por la acústica. Da miedo, y no porque en esa acampada haya nadie que tenga, que sepamos, nada que ver con una logia. Da miedo precisamente por eso. Es la palabra de Jakim Boor, la del Tribunal Especial y las 80.000 fichas, usada igual que entonces, como insulto para el enemigo, sin necesidad de que sea verdad. En España el antimasón que grita en la calle no es un invento nuevo. Es el eco de un Estado que estuvo cuarenta años enseñándole la palabra, probablemente ni siquiera a él, sino a sus abuelos. Trauma intergeneracional.
Y fíjese el lector en lo que ha pasado en una sola semana. En Madrid se le grita «masones» a unos chavales que protestan contra los rentistas, contra el sistema, contra los de arriba. En Reims arde un templo sin que nadie se lleve nada, y quienes lo usaban no tienen dudas de que lo que se buscaba era la masonería, ese supuesto poder en la sombra. En Madrid el masón es el rojo. En Reims, si el móvil es el que todos sospechan, el masón es la élite. La misma palabra apuntando en direcciones opuestas con apenas una semana de diferencia.
El mito cambia de signo, no de forma
¿Es todo, entonces, “la estupidez de los illuminati”, como diría un hermano poco amigo de los eufemismos? En buena parte sí. Pero conviene entender por qué la patraña sobrevive a todo.
Para Barruel el masón era el subversivo que derribaba el orden. Para Franco era el rojo, el liberal y el extranjero, todo junto. Para quien hoy llena foros de pirámides con ojo y de élites globalistas, el masón es quien sostiene el orden y mueve los hilos desde arriba. El contenido cambia según la época y según quién lo use. Lo que no cambia es la forma: una mano oculta y organizada que lo explica todo.
Por eso el mito es tan útil. Ofrece un culpable con nombre para injusticias que son reales. La vivienda está imposible, la vida está cara, el poder parece lejano y sordo, y todo eso es palpable. Lo falso es que detrás haya una logia. Leo Taxil lo demostró a finales del XIX, cuando estuvo doce años inventándose un culto masónico satánico que medio mundo católico se tragó, hasta que él mismo confesó el fraude en público, para exponer a la misma iglesia. Roma no paga a traidores. Cuando alguien quiere creer, las pruebas sobran. Y no es cosa solo de Europa: en Estados Unidos la antimasonería llegó a tener partido propio en el siglo XIX, y ha vuelto.
Hay otro cambio, y este sí es nuevo. Durante casi tres siglos el inquisidor de la masonería tuvo despacho. El Santo Oficio, el trono, el ministerio de Vichy, el Tribunal Especial de Franco. Hoy el Estado, al menos en Francia y en España, protege los templos y persigue a quien los ataca. El inquisidor ya no tiene despacho ni firma. Tiene un móvil, un bidón de gasolina o una garganta. Es horizontal, anónimo y por eso mucho más difícil de discutir. Una sentencia del Tribunal Especial se podía recurrir, aunque sirviera de poco. El acoso, como antesala del fuego, no se recurre.
Puertas cerradas
Queda la frase del responsable de Reims, la que más duele: fuimos ingenuos.
En los últimos años las obediencias francesas, y las españolas cada una a su ritmo, han hecho un esfuerzo real por salir de la sombra. Jornadas de puertas abiertas, conferencias, entrevistas en la radio local, centenarios celebrados en el ayuntamiento. La lógica parecía impecable: el mito vive del secreto, así que quitemos el secreto y el mito se quedará sin aire. Fue precisamente una de esas aperturas la que puso en circulación la dirección del templo de Cormontreuil.
¿Hay que volver a la discreción? Hacerlo sería, de algún modo, darles la razón a Barruel y a Felipe Igualdad: si se esconden, algo tramarán. No hacerlo tiene un precio, y en Reims ya se ha pagado en pira.
Fuentes
Lo de Cormontreuil lo contó Fabrice Curlier en L'Union el mismo lunes 19 de octubre, y lo completaron ICI Champagne-Ardenne (con las declaraciones del gran maestre de la Gran Logia de Francia, Jean-Raphaël Notton) y la revista 450.fm. Lo de Sol está en las crónicas de La Marea y elDiario.es del 12 de octubre, y en los vídeos que corrieron por redes esa noche.
Para el mito de la conspiración lo mejor es ir al origen, las Memorias para servir a la historia del jacobinismo del abate Barruel y las Proofs of a Conspiracy de John Robison, las dos de 1797. Para desmontarlo, Les loges maçonniques dans la France d'Ancien Régime de Ran Halévi y casi cualquier cosa de Pierre-Yves Beaurepaire sobre la sociabilidad masónica del XVIII. El affaire des fiches lo cuenta con detalle François Vindé en L'affaire des fiches.
Sobre España la referencia sigue siendo José Antonio Ferrer Benimeli, sobre todo Masonería, Iglesia e Ilustración y El contubernio judeo-masónico-comunista. Las cifras de fusilados, las fichas de Salamanca y la ley de 1940 están en el Museo Virtual de Historia de la Masonería de la UNED. Y quien tenga estómago puede buscar Masonería, de Jakim Boor (1952), que es Franco en primera persona.

