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Vatika, las visiones y la acacia: ¿misterios masónicos?

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Vatika, las visiones y la acacia: ¿misterios masónicos?

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La Redacción

Mucho antes de que el Vaticano se convirtiera en el epicentro del cristianismo, aquella colina era ya un lugar de tránsito espiritual. Los etruscos lo empleaban como necrópolis, y allí reinaba Vatika, una enigmática diosa vinculada al inframundo. Su nombre no solo impregnó la colina, sino también un misterioso brebaje: una mezcla de vino rústico con una hierba amarga que, según los testimonios antiguos, provocaba estados visionarios, experiencias oníricas y la sensación de contacto con lo divino.

De ese mismo entorno lingüístico nacería el verbo latino vaticinor, “profetizar”, estableciendo una relación directa entre el consumo de sustancias visionarias y la capacidad de acceder al mundo de las revelaciones. Profecía y embriaguez, muerte y tránsito: los cimientos espirituales del Vaticano reposan sobre un terreno en el que la frontera entre la realidad y el más allá se desdibujaba.

Este trasfondo cobra una resonancia peculiar cuando lo miramos desde la perspectiva de la Masonería. En los últimos años, algunos investigadores han comenzado a señalar un paralelismo entre estos antiguos ritos visionarios y los símbolos masónicos, particularmente el de la acacia. Tradicionalmente, la acacia representa la inmortalidad del alma y la pureza de espíritu; sin embargo, ciertos estudiosos plantean que detrás de esta planta se esconde también un vínculo con el DMT (Dimetiltriptamina), un potente enteógeno presente en diversas especies de acacia.

Un libro recientemente publicado en Estados Unidos —The Masonic Psychedelic: DMT, the Acacia, and the Origins of Freemasonry de P.D. Newman— sostiene que en los rituales masónicos primitivos pudo haberse empleado algún derivado de la acacia con fines visionarios, del mismo modo en que los etruscos utilizaban sus hierbas y vinos para alcanzar estados de “profecía”. Aunque esta teoría no es aceptada por todos los historiadores, abre un debate sugestivo: ¿y si las primeras iniciaciones masónicas buscaban no solo transmitir conocimiento simbólico, sino también provocar una experiencia directa con lo trascendente?

Aquí es donde el paralelo con las antiguas escuelas mistéricas resulta inevitable. En los Misterios de Eleusis, por ejemplo, se ha debatido durante siglos si los iniciados consumían el kykeon, una bebida posiblemente enteogénica que habría inducido visiones místicas. Lo mismo puede decirse de ciertos cultos órficos y dionisíacos, donde el uso de sustancias para alcanzar estados alterados de conciencia es una hipótesis que, aunque no universalmente probada, goza de un peso creciente en la investigación académica.

En este sentido, la Masonería se inscribiría en una larga tradición de escuelas mistéricas donde lo vegetal, lo sagrado y lo visionario se entrelazaban. Tal como los etruscos invocaban a Vatika y los griegos a Dioniso, los masones habrían heredado —quizás veladamente— la idea de que ciertas plantas podían abrir las puertas de la percepción y del espíritu.

Hoy, el Vaticano se yergue sobre la colina que alguna vez fue necrológica y profética, y las logias modernas trabajan bajo símbolos que resguardan secretos aún no del todo descifrados. Entre Vatika y la acacia, entre el vino amargo de los campesinos y la posible infusión enteogénica de los masones, parece repetirse un mismo patrón: el uso de lo vegetal como llave para acceder a los misterios.

Así, la pregunta queda abierta para el estudioso y el iniciado: ¿es la acacia un simple emblema moral o el eco de un conocimiento ancestral sobre las puertas químicas hacia lo divino?