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El testamento de Salomón

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El testamento de Salomón

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La Redacción

El Testamento de Salomón: ¿magia, alegoría o el secreto mejor guardado?

Pocos textos ocupan una posición tan ambigua, fascinante y controvertida como el Testamento de Salomón. Ni bíblico ni marginal en sentido académico, este escrito se sitúa en la encrucijada entre religión, magia, medicina y psicología en el mundo antiguo. Preguntarse si el Testamento de Salomón es “real” es, al menos en un primer momento, formular la pregunta equivocada. La verdadera pregunta es qué tipo de realidad refleja este texto.

¿Qué es el Testamento de Salomón?

El Testamento de Salomón es un texto pseudepigráfico atribuido al rey Salomón y compuesto en griego antiguo, la lengua común de buena parte de los tratados médicos, científicos y religiosos del Mediterráneo oriental en la Antigüedad tardía, probablemente entre los siglos I y IV d.C. Se conserva a través de una tradición manuscrita compleja, con múltiples recensiones, fruto de siglos de copia, ampliación y reinterpretación. La obra se presenta como un relato en primera persona en el que Salomón, investido por Dios mediante un anillo con un sello divino, interroga, somete y gobierna a los demonios durante la construcción del Templo de Jerusalén.

Desde una perspectiva académica, el texto no se considera una autobiografía histórica, sino un artefacto literario y religioso que preserva creencias, temores y prácticas del judaísmo tardío y del cristianismo primitivo. Sus catálogos demonológicos, asociaciones astrológicas y fórmulas curativas guardan estrecha relación con otros materiales contemporáneos, como los Papiros Mágicos Griegos, los cuencos de encantamiento mesopotámicos y las primeras tradiciones cristianas de exorcismo.

Las ediciones críticas modernas siguen siendo fundamentales, especialmente la edición de C. C. McCown de 1922, complementada por estudios posteriores como la inclusión del texto por J. H. Charlesworth en The Old Testament Pseudepigrapha.

Veracidad: ¿es un texto “verdadero”?

Si por “verdadero” entendemos algo históricamente verificable en un sentido moderno, la cuestión resulta mucho menos concluyente. La realidad es que no sabemos con certeza qué prácticas históricas concretas pudieron existir tras estas tradiciones, ni hasta qué punto fueron entendidas de manera literal por quienes las transmitieron. Lo que sí puede afirmarse con seguridad es que numerosos individuos y grupos, a lo largo de la historia, han tratado el Testamento de Salomón y los artefactos asociados a él como expresiones de un poder real y operativo.

Esta convicción no se limita a la Antigüedad. Incluso en el siglo XX, determinados círculos ideológicos y ocultistas —de forma especialmente notoria en el esoterismo nazi— buscaron activamente artefactos y saberes salomónicos, convencidos de que encerraban fuerzas capaces de influir en el curso de la historia.

Los textos antiguos rara vez fueron escritos para satisfacer los criterios modernos de la historiografía. En su lugar, codifican verdades funcionales: cómo se comprendía el mundo, cómo se explicaba el sufrimiento y de qué modo se creía posible restaurar el orden. En este sentido, el Testamento de Salomón refleja una cosmovisión en la que la enfermedad, la desgracia y el desorden psicológico se atribuían con frecuencia a fuerzas espirituales hostiles, y en la que la autoridad —divina, real o ritual— podía restablecer el equilibrio.

Este marco se ve reforzado por Flavio Josefo, quien en el siglo I d.C. describe prácticas de exorcismo atribuidas explícitamente a Salomón y afirma haber presenciado una de ellas ante autoridades romanas (Antigüedades judías, VIII, 2). Se acepte o no su marco metafísico, las prácticas en sí existieron, fueron socialmente aceptadas y culturalmente significativas.

La magia como práctica, no como fantasía

Aquí resulta fundamental establecer una distinción. El Testamento de Salomón no debe leerse como un manual de magia fantástica, sino como el testimonio de una creencia operativa: un sistema en el que el lenguaje, los símbolos, la autoridad y la intención eran considerados capaces de modelar la realidad.

Esta comprensión encaja de forma sorprendente con la definición de magick formulada siglos más tarde por Aleister Crowley. Conviene subrayar que Crowley adoptó deliberadamente la grafía arcaica “magick”, con k final, para diferenciarla de la magia escénica o del ilusionismo. Por magick, Crowley entendía una disciplina seria y operativa, relacionada con la voluntad, la intención y la transformación, y no con el entretenimiento o el engaño visual:

“La Magia es la Ciencia y el Arte de causar cambios de acuerdo con la Voluntad.”

Bajo esta definición, la magia no exige que las entidades sobrenaturales sean objetivamente reales en un sentido literal. Funciona, más bien, a través de la intención enfocada, la acción simbólica y la alineación psicológica, produciendo efectos reales en el practicante y en su entorno social.

Desde esta perspectiva, los demonios del Testamento pueden interpretarse como:

  • personificaciones de enfermedades y afecciones psicológicas,
  • representaciones simbólicas de fuerzas caóticas internas,
  • o modelos culturales para gestionar el miedo, el deseo y el desorden.

La interrogación ritual de los demonios —nombrarlos, identificar sus funciones, imponer límites a su poder— guarda un notable paralelismo con procesos terapéuticos y cognitivos reconocidos en la actualidad, como la externalización del problema en terapia narrativa, la identificación consciente de patrones disfuncionales en la terapia cognitivo-conductual, o la verbalización simbólica de conflictos internos propia de ciertas corrientes psicodinámicas.

De la magia antigua a los paradigmas modernos

El lector contemporáneo suele intentar traducir los conceptos mágicos antiguos a marcos conceptuales actuales. Aunque esta operación exige cautela, los paralelismos resultan llamativos.

Ideas como la llamada Ley de la Atracción, popularizada en la cultura moderna de autoayuda, parten de una premisa similar: que la atención mental y la intención influyen en los resultados. Del mismo modo, los debates en torno al entrelazamiento cuántico —a menudo mal utilizados en el discurso divulgativo— han reforzado la intuición cultural de que la realidad no es puramente mecánica, sino relacional y dependiente del observador.

Sería un error confundir planos y afirmar que los autores del Testamento de Salomón anticiparon la física cuántica. No obstante, puede señalarse una analogía sugestiva: la insistencia del texto en focalizar la mente, la atención y la palabra sobre realidades concretas recuerda —en un plano simbólico— al llamado efecto del observador en mecánica cuántica, donde el acto de observar influye en el resultado medido, vinculado al colapso de la función de onda y al principio de incertidumbre de Heisenberg. Sin equiparar ámbitos ni establecer causalidades físicas, sí resulta razonable sostener que los autores operaban dentro de un modelo intencional de la realidad, en el que la atención consciente, el lenguaje ritual y el símbolo eran considerados factores capaces de producir efectos.

Desde esta óptica, el Testamento de Salomón trata menos de dominar espíritus externos que de articular un método disciplinado para imponer orden —interno y social— mediante un sistema coherente de significados.

Un texto que se resiste a la simplificación

La fascinación duradera del Testamento de Salomón reside precisamente en su resistencia a ser reducido. No es simple superstición, ni pura metáfora, ni un manual práctico en sentido estricto. Es una tecnología del sentido, moldeada por su contexto histórico pero aún capaz de resonar en la actualidad.

Ya se aborde como teología, psicología, práctica ritual o literatura simbólica, el texto plantea siempre la misma pregunta esencial:

¿Qué ocurre cuando la autoridad, la intención y el símbolo se alinean?

Desde una lectura simbólica e iniciática, cabe una posibilidad adicional: que el Testamento de Salomón sea, ante todo, una gran alegoría alquímica y espiritual. Del mismo modo que el masón contemporáneo no edifica un templo de piedra, sino que trabaja en la construcción de su propio Templo interior, Salomón puede ser leído como aquel que somete sus demonios —pasiones, miedos, desórdenes internos— para poder levantar la Obra.

Bajo esta luz, los demonios no serían entidades históricas en sentido estricto, sino fuerzas psíquicas y morales que deben ser reconocidas, nombradas y dominadas. El Templo de Jerusalén se convierte así en símbolo de la conciencia ordenada, y la magia salomónica en una disciplina de transformación interior. En este sentido, el texto no se opone a la historia: la trasciende, situándose en el terreno de la mística operativa y de la enseñanza iniciática.

Si quieres entrar en más detalle, puedes ver el catálogo demoniaco del testamento de Salomón en este otro artículo.

Fuentes seleccionadas
  • McCown, C. C., The Testament of Solomon. Leipzig, 1922.
  • Charlesworth, J. H. (ed.), The Old Testament Pseudepigrapha, Vol. 1. Yale University Press, 1983.
  • Flavio Josefo, Antigüedades judías, Libro VIII.
  • Betz, H. D. (ed.), The Greek Magical Papyri in Translation. University of Chicago Press, 1992.
  • Davies, O., Grimoires: A History of Magic Books. Oxford University Press, 2009.