Ascona, Eranos y su legado: el santuario oculto del pensamiento del siglo XX
Hay lugares que no figuran en los manuales de historia, pero sin los cuales la historia moderna del pensamiento sería incomprensible. Ascona, pequeño pueblo suizo a orillas del Lago Maggiore, es uno de ellos. Allí, lejos de las capitales académicas y del ruido ideológico del siglo XX, se gestó una constelación intelectual que aún hoy proyecta su sombra: Eranos y Carl Gustav Jung.
Ascona y Monte Verità: la huida de la modernidad
A finales del siglo XIX, Europa entraba en una crisis silenciosa. El progreso técnico avanzaba, pero el sentido retrocedía. En ese contexto, Monte Verità, una colina cercana a Ascona, se convirtió en refugio de disidentes del espíritu moderno: artistas, anarquistas, teósofos, naturistas y buscadores de lo sagrado.
No era una comuna excéntrica sin más. Monte Verità fue un laboratorio espiritual, un intento serio de reconciliar cuerpo, naturaleza y trascendencia. Vegetarianismo, vida comunitaria, rituales, pensamiento oriental y crítica radical al materialismo convivieron allí como síntomas de una misma enfermedad: la pérdida del centro.
Eranos: un círculo, no una academia
En 1933, en ese mismo entorno, Olga Fröbe-Kapteyn fundó los Encuentros de Eranos. No eran congresos universitarios ni seminarios al uso. Eranos —palabra griega que alude a un banquete compartido— fue concebido como un círculo de iniciados del pensamiento, donde cada participante aportaba algo esencial.
Los temas eran tan antiguos como incómodos para la academia moderna: mitología, alquimia, simbolismo, mística islámica, cábala, religiones orientales. Por Eranos pasaron figuras como Mircea Eliade, Henry Corbin, Gershom Scholem o Joseph Campbell. Todos compartían una certeza: el mito no es ficción, es estructura.
Jung: el arquitecto invisible
Aunque Eranos nunca fue “la escuela de Jung”, Carl Gustav Jung fue su columna vertebral. Su psicología analítica ofrecía el lenguaje común que permitía dialogar a un islamólogo con un mitólogo, o a un historiador de las religiones con un psiquiatra.
Para Jung, la alquimia medieval no era superstición, sino psicología proyectada. Los mitos no eran cuentos, sino mapas del inconsciente colectivo. Esta visión encajaba perfectamente con el espíritu de Eranos: recuperar el saber tradicional sin caer en el dogma, y usar la ciencia sin vaciarla de alma.
No es casual que Jung construyera su Torre de Bollingen también en Suiza. Allí vivió largas temporadas, buscando un espacio de retiro radical tras su ruptura con Freud y durante los años de mayor intensidad de su trabajo interior. La torre no fue concebida como una obra cerrada, sino como un proceso vital. Jung levantó primero una estructura sencilla, casi primitiva, junto al lago. Con el paso de los años fue añadiendo nuevas alas, habitaciones y niveles, cada uno ligado a una etapa de su vida y de su pensamiento. Construir, para él, era pensar con las manos. Piedra, silencio, símbolos y tiempo lento (una arquitectura deliberadamente ajena a la prisa moderna).
Joseph Campbell y el mito como sistema operativo
Si Jung proporcionó la arquitectura, Joseph Campbell ayudó a traducirla al lenguaje cultural del siglo XX. Campbell asistió a Eranos en varias ocasiones y encontró allí la confirmación empírica de una intuición clave: los mitos del mundo no son relatos aislados, sino variaciones de una misma estructura profunda.
En Eranos, Campbell comprendió que el héroe no es un personaje literario, sino una función psíquica. El viaje del héroe es el proceso por el cual el individuo desciende al caos, se transforma y regresa con sentido. Lo que luego popularizaría en The Hero with a Thousand Faces se gestó en este diálogo intenso con Jung, Eliade y los estudios comparados de las religiones.
Para Campbell, Eranos demostró que la modernidad no había eliminado el mito, solo lo había vuelto inconsciente. El cine, la publicidad, la política y la tecnología seguían operando con arquetipos antiguos, pero sin ritual que los contuviera.
Qué pasaba realmente dentro de Eranos
Eranos no funcionaba como una conferencia al uso. Cada encuentro giraba en torno a un tema axial (el símbolo, el tiempo, la transformación, lo femenino, la muerte). Los participantes presentaban ponencias largas, densas, que luego eran discutidas en un clima deliberadamente lento.
No se buscaba consenso ni conclusiones cerradas. El objetivo era otro: hacer visible lo invisible, permitir que los símbolos hablaran entre disciplinas. Muchos describieron Eranos como un espacio liminal, a medio camino entre seminario intelectual y retiro iniciático.
Un círculo selectivo (y por qué lo era)
Sí, Eranos era elitista. Y lo era de forma consciente. Los participantes no se inscribían ni enviaban abstracts. Eran invitados personalmente por la fundadora y por el círculo central. El criterio no era el cargo académico, sino la capacidad de pensar simbólicamente.
La convicción era clara: el pensamiento profundo no escala bien. Eranos prefería pocos interlocutores capaces de sostener la complejidad antes que audiencias amplias sin preparación interior.
Quién financiaba Eranos
Durante décadas, Eranos fue financiado principalmente por Olga Fröbe-Kapteyn, heredera de una familia acomodada, junto con apoyos privados y fundaciones culturales suizas. Jung también contribuyó indirectamente, atrayendo prestigio y redes de apoyo.
No había patrocinadores industriales ni Estados detrás. Esa independencia económica fue clave para mantener la libertad temática y evitar la instrumentalización ideológica.
Legado: ¿qué dejó Eranos?
Eranos no produjo manifiestos ni movimientos políticos. Sus resultados fueron subterráneos pero decisivos:
- la consolidación de la mitología comparada moderna
- la integración del simbolismo en la psicología profunda
- una influencia directa en literatura, cine y pensamiento cultural
- una genealogía intelectual que llega hasta hoy, aunque rara vez se cite
Eranos fue un generador de marcos mentales, no de titulares. Y quizá por eso sigue siendo relevante en una época saturada de información, pero huérfana de sentido.
Un legado incómodo
Ascona, Eranos y Jung representan una vía que Europa decidió no seguir. Frente a la especialización extrema y el positivismo, propusieron síntesis. Frente a la ideología, símbolo. Frente al progreso ciego, transformación interior.
Hoy, cuando el mundo vuelve a experimentar una crisis de sentido, estas referencias reaparecen —a menudo mal digeridas— en discursos "new age" o en modas espirituales superficiales. Pero Eranos fue todo lo contrario: rigor, profundidad y respeto por lo sagrado.
Y Ascona permanece ahí, discreta, como un recordatorio silencioso de que el pensamiento también necesita retiro, ritual y misterio.
Quizá por eso sigue siendo un nombre poco conocido. Como todo lo verdaderamente iniciático, Eranos no se anuncia: se encuentra.

