La memoria larga de la Orden: masonería, historia y el peso de los siglos
Pocas instituciones han generado tanta fascinación, tanto recelo y tanta literatura apócrifa como la masonería. Su historia real, sin embargo, es bastante más interesante que cualquier conspiración fabricada en los márgenes de la imaginación popular. Rastrear la masonería historia adentro implica adentrarse en los talleres medievales de canteros, en las logias escocesas del siglo XVII, en los cafés ilustrados del XVIII y en las revoluciones que sacudieron el orden del mundo occidental. Implica también aprender a distinguir entre lo que los masones hicieron y lo que sus enemigos dijeron que hicieron, entre el registro documental y la leyenda negra que siempre ha perseguido a la Orden como una sombra alargada al atardecer.
El problema de escribir sobre la historia de la masonería es que la propia institución ha cultivado con esmero cierta ambigüedad sobre sus orígenes. Durante generaciones, las logias sostuvieron relatos fundacionales que remontaban la Orden a los constructores del Templo de Salomón, a los misterios eleusinos o incluso a los caballeros templarios. Estos relatos no eran, en sentido estricto, mentiras históricas deliberadas; eran mitos fundacionales con una función simbólica precisa dentro del sistema de enseñanza moral que articula la Orden. Pero confundirlos con historia literal fue el error de muchos, tanto dentro como fuera de la masonería, y ese error todavía contamina buena parte de la bibliografía popular sobre el tema.
Los gremios de constructores y el eslabón operativo
La historiografía académica contemporánea sitúa los antecedentes más verificables de la masonería en los gremios de constructores medievales que trabajaron las grandes catedrales góticas de Europa. Estos artesanos, conocidos en Inglaterra como "freemasons" por su habilidad para tallar la piedra libre (freestone), desarrollaron sistemas de reconocimiento mutuo, secretos de oficio y estructuras de organización interna que permitían a un maestro cantero identificar a un compañero calificado en cualquier taller del continente. Los "manuscritos góticos", de los que se conservan más de cien ejemplares y cuyo más antiguo (el Manuscrito Regius) data de alrededor de 1390, contienen ya un código de conducta, una historia legendaria del oficio y fórmulas de juramento que anticipan elementos reconocibles en la masonería posterior.
La transición del gremio operativo a la logia especulativa, es decir, el paso de una organización de artesanos reales a una fraternidad filosófica que usaba las herramientas y el lenguaje de la construcción como sistema alegórico, ocurrió de forma gradual durante el siglo XVII. Escocia ofrece el registro documental más temprano: en 1600 aparece el nombre de John Boswell of Auchinleck en los registros de la Logia de Edimburgo, siendo este un caballero sin relación conocida con el oficio de la cantería. Para 1670, la Logia de Aberdeen admitía sistemáticamente a "masones aceptados", es decir, personas de condición social elevada que ingresaban por razones intelectuales o filosóficas más que por aprender un oficio manual. Este deslizamiento gradual entre lo operativo y lo especulativo es uno de los fenómenos más fascinantes de la historia social moderna.
1717 y la invención de la masonería moderna
La fecha que la tradición masónica considera fundacional es 1717, cuando cuatro logias de Londres se reunieron en la taberna The Goose and Gridiron para constituir la Gran Logia de Londres y Westminster, conocida después simplemente como Gran Logia de Inglaterra. Este acto no fue una fundación en el vacío sino una reorganización y formalización de estructuras preexistentes, pero tuvo consecuencias históricas de primer orden porque dotó a la masonería de un gobierno central, de un sistema de regulación y de una capacidad de expansión que transformaría la Orden en un fenómeno verdaderamente internacional. El reverendo James Anderson, encargado de redactar las constituciones de la nueva Gran Logia, publicó en 1723 el documento conocido como las Constituciones de Anderson, texto fundacional que todavía hoy sirve de referencia jurídica y filosófica para innumerables obediencias en todo el mundo.
Lo que Anderson hizo en esas constituciones fue extraordinariamente hábil desde el punto de vista político e intelectual. En plena era de las guerras de religión y de los debates sobre tolerancia que llenaban los salones europeos, Anderson declaró que la masonería exigía de sus miembros la creencia en el Gran Arquitecto del Universo pero dejaba a cada hombre libre de entender ese principio según su propia conciencia religiosa. Católicos, protestantes y deístas podían compartir una logia sin necesidad de resolver sus diferencias teológicas, porque la masonería no se pronunciaba sobre ellas. Esta decisión de principio convirtió a la Orden en uno de los espacios de sociabilidad más atípicos del siglo XVIII, un siglo en el que las fronteras confesionales todavía estructuraban profundamente la vida pública en Europa.
La Ilustración y la expansión continental
La masonería encontró en la Ilustración su ambiente natural. Las logias del siglo XVIII fueron, en muchos países, los únicos espacios donde un noble, un comerciante, un jurista y un intelectual podían sentarse en igualdad de condiciones, discutir filosofía, ciencia y política, y suscribir juntos una visión del mundo basada en la razón, la fraternidad y el progreso moral del individuo. Voltaire fue iniciado masón en la Logia de las Nueve Hermanas de París tan solo un mes antes de su muerte, en 1778, en una ceremonia que tuvo el carácter de un acto simbólico de toda una época. Mozart, Haydn, Goethe y Benjamin Franklin pertenecieron a la Orden. La lista de figuras de la Ilustración con vinculación masónica documentada es suficientemente larga como para confirmar que la masonería fue algo más que una sociedad de celebraciones fraternas: fue una red de sociabilidad intelectual de primer orden en el mundo atlántico del siglo XVIII.
La expansión continental fue vertiginosa. En Francia, las logias proliferaron bajo el Antiguo Régimen con una velocidad que alarmó a las autoridades eclesiásticas y cautivó a buena parte de la aristocracia y la burguesía ilustrada. En España, la masonería tuvo una historia más accidentada, marcada por las sucesivas prohibiciones de la Inquisición y por el decreto de Felipe V de 1740, pero su presencia fue constante entre los afrancesados, los liberales y los militares que protagonizaron las convulsiones políticas del siglo XIX. En las colonias americanas, las logias jugaron un papel relevante en la articulación de los movimientos independentistas, desde las logias de Boston que precedieron a la Revolución norteamericana hasta los hermanos que rodearon a Bolívar y a San Martín en el proceso emancipador hispanoamericano.
Persecuciones, cismas y la multiplicidad de obediencias
La historia de la masonería no es la historia de una institución monolítica sino la historia de una familia extensa y frecuentemente conflictiva. Desde el siglo XVIII surgieron divisiones doctrinales y jurisdiccionales que dieron origen a múltiples sistemas de ritos, grados y obediencias. La distinción entre la masonería del Rito Escocés Antiguo y Aceptado y la del Rito de York, o entre las grandes logias regulares y las que admiten mujeres o no exigen la creencia en un Ser Supremo, refleja debates filosóficos y políticos que han recorrido la historia de la Orden durante tres siglos. El Gran Oriente de Francia, al suprimir en 1877 la obligatoriedad de la creencia en el Gran Arquitecto del Universo, provocó una ruptura con la Gran Logia Unida de Inglaterra que todavía no se ha resuelto formalmente y que divide conceptualmente el mundo masónico global en dos grandes tradiciones.
A estas divisiones internas se suman las persecuciones externas, que han sido una constante en la historia de la masonería desde sus primeros años de existencia internacional. La Iglesia Católica condenó la Orden por primera vez en 1738 con la bula In Eminenti del papa Clemente XII, y desde entonces ha reiterado esa condena en numerosas ocasiones. Los regímenes autoritarios del siglo XX, desde el fascismo italiano hasta el nazismo alemán, pasando por el franquismo español y los totalitarismos del bloque soviético, persiguieron a la masonería con una ferocidad que habla, paradójicamente, de la amenaza que los valores masónicos de libertad, igualdad y fraternidad representaban para el Estado total. Miles de masones murieron en los campos de concentración nazis; muchos otros sufrieron prisión, exilio o la destrucción de sus vidas bajo regímenes autoritarios en ambas mitades del siglo pasado.
El legado como pregunta abierta
Cualquier balance honesto de la masonería historia en mano debe resistir dos tentaciones simétricas: la hagiografía de quienes ven en la Orden la fuente secreta de todo progreso humano, y la demonología de quienes la convierten en el centro de toda conspiración imaginable. Lo que la documentación histórica muestra es algo más matizado y más interesante que cualquiera de esos extremos. La masonería fue, en distintos momentos y geografías, un espacio de debate ilustrado, una red de apoyo mutuo entre hombres de negocios y profesiones liberales, un laboratorio de sociabilidad igualitaria antes de que la igualdad fuera norma política, y también, en ocasiones, un instrumento de influencia corporativa o de nepotismo entre sus miembros. Fue todo eso a la vez, como lo son todas las instituciones humanas de larga duración, porque tres siglos de historia no pueden reducirse a una sola interpretación sin falsificar el pasado.
La pregunta que la historia de la masonería deja abierta no es si la Orden fue buena o mala, progresista o reaccionaria, sino qué dice sobre la naturaleza humana el hecho de que millones de personas en culturas tan distintas hayan encontrado sentido, comunidad y orientación moral en una fraternidad construida sobre símbolos de trabajo, arquitectura y búsqueda de la luz. Esa pregunta trasciende la historia de una institución y se convierte en una pregunta sobre la necesidad humana de ritual, de pertenencia y de un marco simbólico que dé coherencia a la vida individual. Y en ese sentido, la masonería sigue siendo, tres siglos después de su fundación formal, un objeto de reflexión tan pertinente como el primer día.
Fuentes
- Anderson, James. The Constitutions of the Free-Masons. Londres: William Hunter, 1723. Documento fundacional de la Gran Logia de Inglaterra y referencia primaria para el estudio de los principios filosóficos de la masonería especulativa moderna.
- Carr, Harry. The Freemason at Work. Londres: Lewis Masonic, 1976. Obra de referencia sobre los orígenes operativos y la transición a la masonería especulativa, con análisis detallado de los manuscritos góticos medievales.
- Ferrer Benimeli, José Antonio. Masonería española contemporánea. Madrid: Siglo XXI, 1980. El trabajo más riguroso sobre la historia de la masonería en España, obra del historiador aragonés que dedicó su carrera académica a documentar la presencia masónica en el mundo hispánico.
- Jacob, Margaret C. The Radical Enlightenment: Pantheists, Freemasons and Republicans. Londres: George Allen and Unwin, 1981. Estudio académico fundamental sobre la relación entre la masonería y la Ilustración radical europea, con particular atención al papel de las logias como espacios de sociabilidad intelectual.
- Stevenson, David. The Origins of Freemasonry: Scotland's Century 1590-1710. Cambridge: Cambridge University Press, 1988. La investigación más sólida disponible sobre los orígenes documentados de la masonería especulativa en Escocia durante el siglo XVII.

